Hace unos doscientos años vivía en Japón un monje zen llamado Ryôkan. Nunca habrá podido verse una vida más humilde y al mismo tiempo más profunda que la suya. Un día salió de su casa para visitar a un amigo que habitaba en una aldea no muy lejana. En su ausencia entró un ladrón en su cabaña, pero sólo pudo llevarse las pocas pertenencias que tenía: un par de viejas esteras para dormir, un pincel, tinta, papel, una toalla, una palangana… Cuando ya de noche Ryôkan regresó a su casa y advirtió el robo, dijo: “Bueno, al menos me ha dejado la luna en la ventana.”