El 3 de
diciembre de 2015, el periodista uruguayo Leonardo Haberkorn, publicaba esta
carta –que titulaba “Con mi música y la Fallaci a otra parte”- en su blog “El
informante”. En ella nos muestra su desencanto ante el desinterés de sus
alumnos de periodismo por los temas de actualidad y su dependencia del móvil
–“celular” en los países latinoamericanos- y del contenido de las redes
sociales. La mayor parte de sus alumnos desconoce el conflicto actual de
Venezuela, la implicación del político uruguayo Luis Almagro en dicho
conflicto, la guerra de Siria, la posición ideológica de los partidos políticos
estadounidenses; conocen a Vargas Llosa, pero no han leído ninguno de sus
libros. Imposible explicar la labor del periodismo a alumnos tan alarmantemente
desinformados, faltos de interés y empatía, que no muestran ninguna reacción
ante casos de ejemplaridad informativa como la trama de la película “El
informante” –sobre el asunto Watergate- o la valiente entrevista de La
periodista Oriana Fallaci al dictador argentino Leopoldo Galtieri. Sin embargo,
Haberkorn no culpa a sus alumnos de este desinterés por la realidad social, más
bien los considera víctimas de una sociedad enferma de apatía.
El caso de Haberkorn es un claro ejemplo del profesor “burn out”, es
decir, del profesor “quemado”. En ocasiones, puede haber una gran distancia
entre el contenido que propone un profesor y la realidad en la que se
desenvuelven sus alumnos y alumnas. Recuerdo con amargura una ocasión en la que
proyecté a alumnos de Secundaria -14/15 años- “Machuca”, una película chilena
de 2004. En ella se describe el ambiente de agitación social que se respiraba
en Chile en la época en que se produjo el golpe de Pinochet al gobierno de
Salvador Allende. En una escena final se ve al ejército entrando en un barrio
de chabolas en busca de agitadores, y cómo una muchacha adolescente –protagonista
junto a dos muchachos- muere accidentalmente por el disparo de un militar. Pues
bien, la reacción de algunos alumnos del grupo fue sencillamente que se pusieron
a reír. Sentí interiormente una gran indignación, pero también pensé que algo
fallaba en la sintonía en que se estaba produciendo el mensaje que yo les
proponía y el contexto social en que se movían estos alumnos. Más tarde pensé
que se trataba de un caso particular, y que no debía desanimarme en mi trabajo
habitual. Pero me sirvió para reflexionar sobre la importancia del contexto
social y emocional en que se produce la comunicación, cualquier comunicación.
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